The Observer - Catrin Welz Stein (Alemania)

sábado, 12 de marzo de 2016

JOHN LE CARRÉ, nacido para simular

Biografía. Adam Sisman reconstruye la novelesca vida del más taquillero de los autores de espionaje.

POR MICHIKO KAKUTANI

John Le Carré
Traición, abandono y anhelo de pertenencia son los soportes psicológicos de las novelas de John le Carré que orientan la trama de sus historias de espías y proyectan su mejor obra muy por encima de las paredes del género. Como deja en claro la nueva y absorbente biografía de Adam Sisman de John le Carré (o mejor dicho de David Cornwell, el hombre detrás del seudónimo), estos sentimientos estuvieron profundamente arraigados en la infancia nada feliz del novelista. El padre, Ronnie, era un estafador extravagante y desvergonzado, que acumulaba deudas y manchas por todas partes y estuvo preso por fraude. La madre, Olive, abandonó a la familia cuando David tenía cinco años.
David sobrevivió los “16 años sin abrazos” que siguieron a la ida de su madre escapándose a un mundo de fantasía e imaginación. Contar historias también se convirtió en una forma de cautivar, de divertir, de esconder, aptitud que más tarde le sirvió mucho en su carrera dentro de la inteligencia británica y como escritor. “Soy un mentiroso”, dice Sisman citándolo. “Nacido para mentir, educado para hacerlo, adiestrado a hacerlo por una industria que miente para vivir, experimentado en hacerlo como novelista.” En John Le Carré: The Biography (aún no traducida al español), Sisman elabora un retrato perceptivo y muy legible de un hombre y un escritor que con frecuencia han sido tan elusivos y enigmáticos como sus héroes de ficción. El biógrafo lleva a cabo un trabajo diestro al trazar correspondencias entre las novelas de Le Carré y la vida de David Cornwell, a la vez que intenta despejar con cautela lo que llama “ejemplos de falsos recuerdos por parte de David”.
“Ha reimaginado hechos de su pasado para sus ficciones”, dice Sisman, que entrevistó al autor durante unas 50 horas y tuvo acceso a sus archivos, “y lo que después recuerda tiende a ser la re-imaginación ficcional más que lo que realmente ocurrió.” La primera mitad de la obra, que describe la juventud de Cornwell, su educación y sus años en la inteligencia británica, es por lo menos cautivante para el seguidor de Le Carré, y aunque la segunda parte se entrega a una enumeración algo reiterativa de los libros escritos y publicados, también estos capítulos echan luz sobre el arduo proceso de investigación y escritura de Cornwell y la dedicación casi obsesiva a su vocación.
De 84 años, Cornwell pidió a su biógrafo que demostrara “el respeto debido por la sensibilidad de terceras personas vivas”, y como resultado la narración de su vida privada resulta un tanto discontinua. Hay muy poco sobre su primer matrimonio y la relación con sus cuatro hijos. Por otra parte, hay montones de detalles sobre su extraña relación con su mejor amigo, el escritor James Kennaway.
De chico, David Cornwell se vio avergonzado y humillado por las imposturas del extravagante trepador social y estafador de su padre, y se esforzó sobremanera para integrarse en el colegio donde estaba pupilo. Era bien dispuesto, carismático, un talentoso mimo y artista dotado, pero como el protagonista de su novela más autobiográfica, Un espía perfecto , por dentro vivía atormentado: apenado por su vida familiar caótica y los castigos corporales que le infligían en el colegio. Estos sentimientos asomarían a la superficie en sus complicadas actitudes hacia la autoridad y el establishment que exhiben sus novelas.
“La suya era una vida oculta, de conformidad hacia afuera y rebeldía interior”, escribe Sisman. “Al recordar sentía que lo habían educado para convertirse en espía, aprender el idioma del enemigo, usar sus ropas, imitar sus opiniones y simular que compartía sus prejuicios.” En el libro nos enteramos de que cuando estudiaba en Oxford, a Cornwell le propusieron adoptar un personaje izquierdista, infiltrar grupos sospechosos de tendencias subversivas e informar sobre sus compañeros al MI5, el servicio de inteligencia nacional británico. Evaluación de Sisman: “Si bien no era quizá partidario de una ideología determinada, había elegido ser leal a su país por sobre la lealtad a los amigos. El dilema siguió perturbándolo; era un tema que volvería a aparecer repetidamente en su ficción.
Cornwell se desencantó del MI5 como organización: “Por un momento te preguntabas si los tontos realmente estarían simulando ser tontos, como debido a cierta especie de decepción”, escribió más adelante, “pero lamentablemente lo real era la mediocridad. Todos parecían tener olor a fracaso”. El entrenamiento para el MI6, el servicio británico de inteligencia exterior, fue más intenso e incluía lecciones de pericia en espionaje (de amplia utilización en sus novelas), tiro y combate con cuchillo, por más que Sisman observa que Cornwell “nunca iba a estar expuesto a riesgo personal en su trabajo secreto”.
Desde la infancia Cornwell abrigó aspiraciones artísticas y “enloqueciendo de aburrimiento” con su trabajo en inteligencia empezó a escribir la que sería su primera novela, Llamada para el muerto . Cuando quedó claro que su tercer intento, El espía que surgió del frío , iba a ser un éxito financiero, Cornwell abandonó su empleo en el gobierno.
Por lejos, está claro, el libro fue más que un best seller internacional. El espía que surgió del frío –que exploraba las ambigüedades de la Guerra Fría y reflejaba la desilusión de Cornwell con su trabajo y su matrimonio– no sólo significó el surgimiento de su autor como un escritor de thrillers de primer orden, sino que ayudó a revolucionar el género, que hasta entonces había estado definido por la maniquea carencia de sutileza de Ian Fleming.
Cornwell no divulga mucho acerca de sus actividades reales en el MI5 y el MI16 –aduciendo obligaciones legales y morales– pero Sisman reúne con habilidad historias verdaderas y colegas verdaderos que lo inspiraron para sus libros. Al mismo tiempo expresa el logro de las grandes novelas del espía Smiley ( El topo , El honorable colegial yLa gente de Smiley ): cómo captaron el claroscuro moral de la Guerra Fría, la fatiga y el orgullo herido de la Gran Bretaña postimperial.
El héroe de Cornwell para semejante época no fue un gallardo James Bond sino el sufrido George Smiley. Para persuadir a Alec Guinness de que aceptara el rol de este jefe de espionaje entrado en años en la que se convirtió en una adaptación para televisión clásica, Cornwell le escribió una carta al actor en la cual describía “la preocupación por los demás, el compromiso moral, la humanidad de Smiley” y el intelecto que daba sustancia a esas cualidades: “Su autoridad surge de la experiencia, añares de experiencia, la compasión y, en la raíz, un pesimismo desconsolado que confiere cierto fatalismo a gran parte de lo que hace”. Smiley no sólo fue el más grande, el personaje más indeleble de Cornwell sino también, como queda claro en esta biografía reveladora, una especie de figura paterna alternativa: la opuesta, en cualquier aspecto importante, al ostentoso y decepcionante papá de David Cornwell, Ronnie.
© New York Times News Service 
Traducción: Román García Azcárate
Diario Clarín (Buenos Aires) - Revista Ñ  Marzo 7, 2016

martes, 20 de octubre de 2015

EL EXPEDIENTE GLASSER, prólogo a la tercera edición de la novela de Violeta Balián

por Pablo Martínez Burkett





Usted tiene en sus manos una nueva edición de El expediente Glasser de Violeta Balián. En efecto, se trata de la tercera edición. En tiempos tan contemporáneos alcanzar una tercera edición habla, como mínimo, de una amplia recepción en el público que gusta de intrigas como las que debe sobrellevar la protagonista, Clara Glasser. No descarto que antes de interesarse por la trama, usted quiera conocer como previo a qué género pertenece la novela.


En lo personal abomino de las clasificaciones. Foucault se destornilla de risa en el comienzo de Las palabras y las cosas con la clasificación de animales que Borges atribuye a “cierta enciclopedia china”. No es para menos, el propio Borges en El idioma analítico de John Wilkins dice que “Notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo”. Sin embargo creo que, justamente, somos tan dados a las clasificaciones porque vamos a tientas por un mundo desconocido. Sin dudas resultan un atajo a la simplificación, pero también son el refugio pacificador ante nuestra ignorancia de ese “afuera” que es la realidad que nos rodea.


Pero a la hora de buscar una clasificación apropiada para El expediente Glasser, las etiquetas posibles rumbean para el lado de la novela negra, la novela romántica, la novela de aventuras, la novela de ciencia ficción. Participa de todas pero no obstante, ninguna logra aprehender su esencia pues es una novela donde confluyen distintas perspectivas y para mejor, narradas por ojos femeninos.


En este sentido, nos proponemos averiguar si es posible darle una clasificación que se ajuste lo mejor posible a su contenido. Cuadra entonces describir brevemente la trama.

Ya al comienzo atestiguamos una muerte que sospechamos tiene mucho de crimen. A poco de avanzar, la irrupción de presencias extrañas (tan extrañas como que no son de este planeta) revela una realidad anómala. Mientras tanto, nos apiadamos de una Clara Glasser que asiste inerme al desmoronamiento del universo familiar. Las categorías de mujer, esposa y madre tambalean frente al despiadado paso del tiempo, la pasión erosionada hasta la ausencia y los hijos que ya no están. Una vida sin sentido que sucede en la Buenos Aires de comienzos de los años 70’, años de violencia, terrorismo, democracia fragmentaria, más terrorismo pero de Estado y el miedo de un futuro que nunca llega. Y esos seres imposibles y la procesión de portales a mundos paralelos. Y la locura. Y el sueño. O la pesadilla.

En suma, El expediente Glasser es el derrotero doméstico de Clara, una mujer que enfrenta, con perplejidad pero con coraje, los desafíos de una vida vacía de sentido que se modifica a partir de una muerte, muerte que la proyecta hacia los peligros inauditos de una conspiración que pone en riesgo la existencia misma de la humanidad.
Y al redondear la frase, algunas palabras empiezan a retumbar como un eco perceptible: crimen, doméstico, mujer, soledad, relaciones desgajadas, desafíos malsanos… Y esas palabras nos ayudan a dar con la respuesta buscada. En efecto, son todas notas tipificantes del llamado domestic noir, subgénero de la novela negra que viene pisando fuerte en el vasto firmamento de las clasificaciones literarias.

Podrá decirse que Cumbres borrascosas de Emily Bronté, y durante los años 40, Rebeca de Daphne Du Maurier o The girl who had to die de Elisabeth Saxay Holding inauguraron este subgénero. Seguramente Perdida (Gone Girl) de Gyllian Flynn, La chica del tren de Paula Hawkins y La mujer de un solo  hombre (The Silent Wife) de A.S.A. Harrison, lo afianzaron y terminaron de darle forma.
El expediente Glasser de Violeta Balián expresa de forma acabada y minuciosa los mejores elementos distintivos de este subgénero. Si hoy alguien me pregunta, diré sin temor a equivocarme que la etiqueta apropiada es la de domestic noir.

Y aunque ya dimos algunas pistas de la trama, tratándose de una novela donde hay un crimen y un misterio, no abundaremos en mayores detalles. Sí diremos que toda la historia está compuesta en una prosa amena, concisa y directa, que elude con elegancia los tecnicismos y que se da tiempo de abordar disquisiciones de orden filosófico y hasta teológico. Violeta Balián tiene una increíble facilidad para sumergirnos en un universo igual pero no tanto, donde lo fantástico irrumpe de una forma imperceptible, impensada e inquietante. Y más importante aún, la maestría de su narración tiene un efecto perdurable: mucho tiempo después de acabar la lectura, vamos a seguir mirando por sobre el hombro, llenos de recelo, preguntas y sobre todo, horrores muy vívidos.

Pablo Martínez Burkett
Buenos Aires, julio de 2015


viernes, 16 de octubre de 2015

DOMESTIC NOIR: el subgénero literario que más vende

Ilustración de Miriam Ascúa
Córdoba, Argentina
2015
por Violeta Balián



A mediados de 2015, Eriginal Books (Miami) publicó la tercera edición de mi novela, El expediente Glasser. Sí, la tercera edición, parece mentira ¿no?  Pero esta vez etiquetada como un thriller domestic noir. Naturalmente, cuando lo comento con lectores, colegas y amigos todos me preguntan qué es el domestic noir. 

Domestic noir es una forma literaria, un subgénero de la novela negra o policíaca al que hasta hace poco nos referíamos como  thriller psicológico.   Lo oí mencionar por primera vez allá por 2012 cuando publicaba la primera edición de mi novela El expediente Glasser y una agente literaria neoyorquina --que había leído el manuscrito-- tuvo la amabilidad de sugerirme una clasificación en el flamante subgénero.  En su opinión, la novela reunía los elementos que encajaban con esta nueva forma literaria. Pero como desconocía el subgénero, opté por las clasificaciones tradicionales que me parecieron más apropiadas: thriller, ciencia ficción y terror.

Más allá de que para algunos académicos todavía no esté claro si  el domestic noir deriva de la novela negra o policíaca, lo cierto es que a partir de 2013 una treintena de autores en el Reino Unido, Canadá y los EE. UU. se incorporaron  a la nueva  modalidad y clasificaron a sus obras dentro del nuevo subgénero.   Como resultado, hoy en día tanto las editoriales norteamericanas como las británicas afirman entusiasmadas que las ventas que genera el nuevo subgénero son mucho más que una tendencia pasajera.

Entendido, dirán ustedes, pero  ¿qué es lo que define al domestic noir?

En primer lugar, será preciso que examinemos  algunas de las características que definen a la novela negra o policíaca, los thrillers y los thrillers psicológicos.

En la novela negra o policíaca lo “peor” ya ha ocurrido.  Y el relato comienza con el hallazgo de un cadáver o algunos más mientras que  a lo largo de la trama uno o más personajes procuran descubrir qué ha sucedido, cómo y por qué. 

En un thriller, lo “malo” está por suceder.  En estos casos, la narrativa despega con una situación buena o estable que empeora a medida que avanza  la trama.  Cabe destacar que en un thriller los personajes son mayormente operativos profesionales.  Pensemos en espías, agentes secretos de la CIA, KGB o MI6, y asesinos a sueldo.  Además, los thrillers  más exitosos se desarrollan en sitios puntuales, cercanos al poder político o en escenarios distantes, poco comunes como las campañas bélicas en el extranjero.  El alcance es global.

Un thriller psicológico nos presenta gente normal en un entorno de hogar o sitio de trabajo con un elemento adicional:  no reconocemos el peligro ni sospechamos que existe, ya que tal peligro puede muy bien estar en la mente del  protagonista según ciertos autores.  

Sin embargo, al explorar los orígenes de esta nueva forma literaria, se ingiere que las categorías arriba mencionadas no responden a la necesidad de muchos escritores de dar con la clasificación justa que requieren sus trabajos como tampoco con el entorno ni la dinámica interpersonal que demandan sus narrativas.  Surgió así el domestic noir, un subgénero enfocado en el "aspecto criminal" de los dramas domésticos, cuyos rasgos generales recuerdan el suspense tan popular de los años 40 y el Hollywood de aquella época como su mejor cliente.

¿Qué adiciona entonces el thriller domestic noir al thriller psicológico? 


Por lo general, un entorno doméstico o laboral, anclado en la realidad, con personajes que viven rodeados de sus familias y su comunidad, donde las  apariencias siempre engañan. En otros casos, los protagonistas están solos.  Un buen ejemplo sería un anciano a merced de un pariente cercano o confinado en un geriátrico.  En todas estas situaciones, la atmósfera se torna desafiante y malsana, abriéndole la puerta a los abusos emocionales, físicos y al crimen.  
La escritora Julia Crouch definió al subgénero como un conjunto de obras cuyas “narraciones si bien no lo hacen en forma exclusiva giran alrededor de una experiencia femenina y de las relaciones emocionales".  De hecho, su alusión a la “experiencia femenina” no cayó bien en ciertos círculos ya que el tratamiento de ese tema no es nuevo ni único.  Pero sí lo es la cotidianidad y la violencia de género.  Indefectiblemente, la sola mención de “femineidad” impulsó a muchos a declarar que la mayoría de los autores del subgénero eran mujeres.  Muy cierto. La lista de títulos domestic noir es enorme y repleta de autoras, pero hay hombres también.  Y entre los críticos, no faltaron quienes de modo peyorativo asociaron a la nueva categoría con el chick lit, el género postfeminista que surgiera allá por 1995.    


No obstante, la tendencia domestic noir tomó forma afianzándose a nivel mundial con tres obras importantes: The Silent Wife, o La mujer de un solo hombre (Alfaguara Black) de la canadiense A.S.A. Harrison, que se publicó, póstumamente como un thriller psicológico.  Sin embargo, tan pronto Penguin Books la reclasificó, pasó a ser uno de los mejores exponentes del domestic noir.  


Gone Girl (en castellano, Perdida) de la norteamericana Gillian Flynn apareció en 2013 etiquetada como un thriller domestic noir.  Fue un éxito de ventas al que le siguieron una versión cinematográfica y una nominación para el premio Oscar.  Perdida es un buen ejemplo de que en las novelas domestic noir las víctimas no son exclusivamente mujeres. Recientemente, la autora expresó que nunca tuvo la intención de  hacer una víctima del personaje principal.  La revista Time señaló que la obra «pone al descubierto el lado más oscuro del matrimonio, los engaños, las decepciones, la obsesión, el miedo».


A principios de 2015, con bombos y platillos, llegó The Girl on the Train (La chica del tren) de la inglesa Paula Hawkins.  La novela trata de una chica que se siente atraída por la vida de una pareja a la que observa todos los días desde el tren suburbano y en un momento, se convence de que algo terrible les ha pasado.  

Las ventas de La Chica del Tren  han superado a las Cincuenta Sombras de Grey de E. L James. Por su parte, la crítica española explica que «La chica del tren va un poco más allá al adentrarse en una “categoría propia de la novela negra”, que muchos han dado por llamar “domestic noir”, y que trata de reflejar los aspectos sórdidos, si se quiere, de la vida de las familias en los suburbios».  

En tanto y a la hora de  buscar ejemplos de domestic noir en la literatura universal, vienen a la mente Cumbres Borrascosas de Emily Bronte, y un siglo más tarde, en los años 40, Rebecca de Daphne du Maurier.  Entre la producción nacional recuerdo particularmente a Elena Sabe (2006) de la argentina Claudia Piñeiro. La novela relata la odisea de una anciana discapacitada que recorre a diario el conurbano bonaerense buscando identificar al asesino de su hija. Sin duda, hay muchas obras más pero archivadas en otras categorías.

A partir de estos y otros trabajos se van abriendo ante autores y lectores escenarios y  tramas como también puntos de vista que explicarían a qué se debe que la categoría thriller domestic noir goce de semejante popularidad.  ¿Será por el ejercicio de querer plantearnos  si en verdad conocemos a la persona con la que mantenemos una relación?  O ¿qué pasa por la mente de nuestros allegados y seres queridos? ¿Cómo interpretar sus acciones? A primera vista, y desde lo que se entiende de entre los títulos de las novelas domestic noir, el matrimonio parece ser el mejor espacio desde donde explorar la culminación de las relaciones y su  trayectoria.


 El expediente Glasser

Felizmente, ya están dadas las condiciones para que el subgénero se extienda más allá de las estructuras iniciales e incluya relatos polifónicos expresados en las conductas de padres, hermanos, familiares, vecinos y empleadores.  Como también la llegada de algún extraño para instalarse en la vida del personaje principal como le ocurre a Clara Glasser, la protagonista de mi novela El expediente Glasser en un relato que incorpora apuntes de otros géneros como la ciencia ficción, fantástico y terror sin desviarse del tema central, la situación doméstica. 

Porque en el mejor estilo domestic noir, la historia de la enfermera Clara Glasser está ligada a un hogar, una familia tradicional, un matrimonio estancado y una vida vacía, sin sentido.  Un crimen sospechoso pero crimen al fin más un encuentro con seres carismáticos y fascinantes van transformando la vida de la protagonista. Con ellos, Clara descubre otras dimensiones y eventos que están más allá de su control.  Y en este juego de variables, se miente a sí misma casi hasta el final —otro requisito del domestic noir—, enfrentándose con el terrorismo de estado mientras se refugia en su soledad, consciente de que está luchando contra  “aquello que ya está en marcha" y no hay donde retroceder.   


martes, 9 de junio de 2015

POST-MORTEM, un relato de Violeta Balián

"Lizzie Bolton"
Ilustración de Miriam Ascúa

 “Do not go gentle into that good night…”

Dylan Thomas

 

En 1875,  recién llegado a la ciudad  con la intención de establecer mi estudio fotográfico,   leí con interés una necrológica en el Philadelphia Inquirer.  Lizzie, hija única de Mary Bolton, la acaudalada viuda, había muerto a los 14 años de edad.  Llamó mi atención que la nota, además de lamentar la temprana pérdida de una niña inteligente y estudiosa, hiciera hincapié en la conducta de su madre, una mujer desconsolada que no sólo rechazaba dar sepultura a su hija en el cementerio municipal,  sino que «contra las buenas costumbres, guardaba el cuerpo de la niña en una bodega subterránea de su propiedad, inyectado con una substancia que pretendía preservar el cadáver según los experimentos del notorio Dr. Burns».
Grande fue mi sorpresa  cuando la viuda en cuestión solicitó mis servicios fotográficos durante la primera inspección del cadáver.  Una vez comprobado su perfecto estado de conservación, Mary Bolton ordenó trasladar el cuerpo de su hija a la mansión, encomendándome que lo fotografiara post-mortem, a la usanza de la época.  Así lo hice, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de mi nueva cliente.  Dispuse el cuerpo de la niña sentado, con un trasfondo de pesados gobelinos y amarrado a un respaldo de madera que sujetaban dos sirvientes ocultos detrás del cortinado.  Con un adhesivo, le levanté los párpados superiores y con trucos de luz,  suavicé los ojos para sugerir una mirada reflexiva. Completé el cuadro apoyando el brazo izquierdo sobre el regazo, el derecho sobre una consola y el detalle de un libro entre las manos.  La sesión finalizó minutos antes de que vinieran a recoger el cuerpo de la niña para inyectarlo por segunda vez, y regresarlo a las temperaturas bajas del sótano.

Al ver las primeras muestras fotográficas, Mary Bolton rompió en llanto. “Oh, my poor, darling Lizzie, se la ve tal cual fue en vida”,  comentaba con cada una de las personas que la acompañaban.  Ese mismo día encargó cientos de postales con la foto de su hija para distribuirlas entre sus amistades y clientes. Desafortunadamente, las tarjetas con la foto de la fallecida Lizzie Bolton no hicieron más que desatar la histeria citadina.  El Philadelphia Inquirer volvió a la carga.  «Si bien el dolor de una madre no tiene límites, no se engaña a la muerte con artimañas seudocientíficas ni oficios sacrílegos» escribía su editor, citando, además, la opinión de un químico conocido que insinuaba la posibilidad de una peligrosa acumulación de gases.
Días más tarde, Mary Bolton dejaba un recado en mi estudio. La ciudad de Filadelfia había ordenado la inspección civil, eclesiástica y científica del cadáver, y  ella contaba con mi presencia para documentar la actuación.  El evento, al que también fueron convocados la prensa y distinguidos miembros de la comunidad científica, tendría lugar en su propiedad, en un sitio despejado, cercano a la bodega.

En la fecha y hora establecidas, después de un minucioso examen, las autoridades convinieron en que los restos de la niña seguían intactos.  No llevaban mucho tiempo intercambiando opiniones cuando de pronto y ante el estupor general, el cuerpo de la difunta se irguió, abandonó el ataúd y echó a andar.  Entre el gentío, hubo quienes lo siguieron para enfrentarlo con crucifijos.  Otros, huyeron aterrados.  Trastornada, la madre procuró detener a su hija.  En vano. La niña ya ascendía, transfigurándose en una esfera gigante y luminosa que se elevó unos cuarenta metros o más, antes de dejarse caer sobre el grupo de boquiabiertos en una explosión que sólo puedo describir como abominable.  En medio del caos, mareado por el impacto y la pestilencia, a duras penas conseguí ponerme de pie.  Buscaba mi cámara. No debía estar muy lejos. Entonces me pareció verla sobre el pasto, avancé unos pasos y tropecé con el cuerpo sin vida de Mary Bolton.

Violeta Balián @2015

viernes, 5 de junio de 2015

AJEDREZ de Kjell Askildsen




El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por que vivir tampoco tiene nada por que morir. Tal vez sea ese el motivo.

Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez. “Sigues vivo”, dijo, aunque él era mayor que yo. Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua. “La vida es dura –dijo–, no hay quien la aguante”. Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas, y yo solo unas cuantas, y además breves. Está considerado como un escritor bastante bueno, aunque un poco guarro. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, no pregunto dónde lo habrá aprendido.

Mi hermano seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por las veinte novelas que tenía en el fofo trasero. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida de ajedrez. “Eso lleva mucho tiempo –dijo–, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes”. Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo habría merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas. “No lleva más de una hora”, dije. “La partida sí –contestó–, pero a eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo”. No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije: “de modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya”. “Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida”. Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir. “Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos”, dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar. “No ha sido mi intención herirte”, dijo. “¿Herirme?”, contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara. “Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito”. Me puse de pie y le solté un discurso: “Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas de las que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo. Y añadí, un poco vagamente, lo confieso: “Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez”. Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo: “Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante”.

Exactamente así era mi hermano. Por cierto, murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que habría querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.

Al fin y al cabo éramos hermanos.


Transcripto de

Cuentos reunidos
Edición y prólogo de Fogwill
Trad.: Kirsti Baggetthum y Asunción Lorenzo


Madrid, Lengua de trapo, 2010



Kjell Askildsen
Noruega, 1929